LAS MUJERES EN MI VIDA

LAS MUJERES EN MI VIDA

Esa reveladora verdad está inicialmente en el aporte práctico y avanzado de mi madre Por: Juan Carlos Niño Niño Cuando le pedí el favor a mi amigo y colega José Manuel Reverón -exeditor de la Revista Cambio- en escribir el prólogo de mi Libro de crónicas “A tugurio de ciudad”, quedé estupefacto al leer algunas

Por: Juan Carlos Niño Niño

Cuando le pedí el favor a mi amigo y colega José Manuel Reverón -exeditor de la Revista Cambio- en escribir el prólogo de mi Libro de crónicas “A tugurio de ciudad”, quedé estupefacto al leer algunas líneas del mismo, en donde José Manuel -agudo y certero periodista- señala que a mí también [como a Gabriel García Márquez] “grandes mujeres, como su mamá y las tías (…) le han ayudado a pastorear la vida”.

Esa reveladora verdad está inicialmente en el aporte práctico y avanzado de mi madre -formada con monjas liberales francesas- que me instaba a enfrentar a la malvada y terrorífica bruja de Balconcitos en mi niñez, se le midió a mi locura de estudiar Comunicación Social en la costosa pero prestigiosa Universidad de la Sabana -sin tener los medios económicos- o su sabio y genial consejo de tomar con madurez y “amplitud”, incluso con sentido del humor, una casi confirmada infidelidad, cuando con pasión y sin límites amaba a principios de siglo a una indomable “mujer león”.

A mediados de los ochenta, sobrevino intempestivamente el “amor platónico”, con una despampanante morena adolescente, con impactantes ojos negros y voz caraqueña -considerada la más bella en la población del piedemonte- a quien aprecio mucho y no dudo en darle un abrazo cuando casualmente nos encontramos en Yopal, diciéndole entonces mi adorable “Parafina”, haciendo alusión a su conocido apellido.

Al cabo de un tiempo, una sencilla pero hermosa casa en el barrio Libertador de Yopal, fue el más fantástico escenario de mi primer amor, en donde con el corazón a vuelcos visitaba una hermosa joven trigueña –oriunda de Tauramena (Casanare)- con unos grandes ojos negros, unas facciones marcadas y esculpidas, con un pelo medio largo crespo castaño y un imponente cuerpo de mujer catira, que con el paso del tiempo me sorprendió con el desconocido y doloroso estado del desamor, que intentaba calmar al amanecer con interminables caminatas a orillas del Rio Cravo Sur.

En la época universitaria, viví un fugaz pero inolvidable “romance”, con una bellísima, pero “intrigante” zipaquireña, con facciones afiladas y perfectas, más grandes y embriagantes ojos castaños -estudiante de psicología y parecida a la actriz italiana Ornella Muti- quien, al dejarme de manera repentina y casi traumática, no dudó en recordarme con frialdad que tenía su novio de toda la vida, con quien estaba a escasos meses de contraer nupcias en la “Catedral de Sal”.

Aunque suelo manifestar mi inconformidad con mi primer y “último” matrimonio -soy divorciado- porque esa persona no fue la esposa “ideal”, debo reconocer su aporte invaluable a mi vida, con principios y valores, más la importancia de la ética y la honestidad en cada uno de nuestros actos -que me hizo entender con su extraordinaria formación y su brillante inteligencia- siendo definitivamente la base emocional del hombre que ahora soy.

En estos tiempos -cuando estoy en la segunda y etapa final de mi vida- celebro la paz interior de mi existencia, una vez terminé de superar la partida de una bella joven de veinte años -que me rompió el corazón en mil pedazos- pero que me permito vivir y sentir con toda intensidad, absolviéndola por las locuras de su edad, y a la vez soltándola “para que retornara con todo el derecho al entorno de su juventud (…)” (Tomado de mi libro “A tugurio de ciudad”).

En el Día Internacional de la Mujer, prometo -de manera solemne- dejar de lado mis berrinches de niño de cinco años, por la supuesta afectación de las consabidas damas, cuando a la hora de la verdad, han sido lo más importante en mi vida, y es que –sea dicho de una vez- nunca he sido tan dichoso como cuando estoy al lado de mujeres, incluso el intenso sufrimiento por ellas, es todo un patrimonio en mi vida.

Como dijo Gabriel García Márquez –mi querido y entrañable “Gabo”- es mejor no discutir con una mujer, porque así uno tenga la razón, de todos modos, sale perdiendo.

¡Las amo, mujeres!

Coletilla: Al terminar estás líneas, quiero hacer un reconocimiento a cuatro mujeres, que sin duda con su amistad han contribuido en construir mi vida:

La catedrática Olga Lucia Mejía, quien en la Universidad de la Sabana, me introdujo en el mundo de la Antropología Filosófica del español Julián Marías -búsqueda del sentido de la vida- las “aporreadas” de mi estricta profesora de redacción en esta institución, Mercedes Ochoa, para que finalmente creyera en mí mismo, la inquebrantable lealtad de Dany Valcárcel -la mejor amiga de mi Mamá- y por supuesto la líder gremial Martha Aldana, quien su docto conocimiento en administración y finanzas, hizo realidad en las pasadas elecciones -con pocos recursos pero con mucho esfuerzo- mi sueño de ser candidato a la Cámara por Casanare.

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